PSICOLOGÍA POSITIVA


La mejor manera de entender a nuestros clientes, quizá sea entendernos primero a nosotros mismos. La verdadera psicología empieza por conocer nuestras reacciones a los duros desafíos personales y profesionales que constantemente nos rodean. Muchos clientes demandan de nosotros que sepamos comprenderles y, la mayoría de las veces, el tener herramientas ampliamente contrastadas por la psicología moderna, nos van a ayudar a hacer mejor nuestro trabajo.


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PROFESIONALES PSICOLÓGICAMENTE SALUDABLES


Por José Luís  Esteban Rodríguez. 

Psicólogo. Máster en Dirección de Recursos Humanos por el Instituto de Empresa. Magister Artis en Administración Pública por el Instituto Universitario “Ortega y Gasset”.


Una filosofía de vida positiva con un equilibrio y ajuste emocional facilitará, sin duda alguna, que las metas y objetivos profesionales de las personas se puedan conseguir de una forma más eficaz y lo que es más importante, mucho más placentera, en definitiva, que seamos más felices.
 
Muchas personas, aun considerándose buenos profesionales, avalados por sus conocimientos y buenos resultados, sienten a veces un cierto malestar emocional que les hace considerar y pensar que no están viviendo la vida con el bienestar y satisfacción que ellos querrían y que la meta de ser felices la ven cada vez más lejana.
 
El mundo laboral y profesional que vivimos actualmente está dando lugar a unas demandas y exigencias cada vez más altas, a una percepción de expectativas cada vez más difíciles de conseguir y cumplir, a barreras y dificultades para el ingreso en el mercado laboral, a la sensación de falta de tiempo para todo y muchas veces también, a un alto grado de nerviosismo, preocupación y falta de autocontrol. Si a estas demandas y preocupaciones añadimos aquellas otras derivadas de las relaciones familiares, personales y sociales, el riesgo de malestar emocional aumentará pudiendo ocasionar ciertos problemas tanto a nivel profesional como personal y familiar, reduciendo consecuentemente nuestro estado de bienestar.
 
Indudablemente, todas las personas desean ser felices, pero la felicidad no es algo que se pueda encontrar en cualquier sitio, sino algo que se tiene que construir paso a paso y practicando. Las situaciones que acabamos de describir anteriormente, con los riesgos consiguientes de malestar, se producen muchas veces por una forma de pensar, sentir y actuar no lo suficientemente positiva ni ajustada y equilibrada emocionalmente, así como por un déficit en las habilidades personales necesarias hoy en día para hacer frente a los retos tanto en el ámbito laboral como el personal y social.
 
Por tanto una forma de afrontar ese malestar y avanzar en la construcción de nuestra felicidad es intentar conseguir ser cada vez más profesionales psicológicamente saludables.
 
Para ello deberemos trabajar y profundizar en las dos siguientes áreas de actuación personal: Pensar, sentir y desarrollar conductas emocionalmente positivas y actuar con habilidades sociales y personales facilitadoras de un desempeño profesional eficaz y saludable.

 

Pensar, sentir y desarrollar conductas emocionalmente positivas

La felicidad puede entenderse como una percepción o sensación placentera, pero la felicidad es también una forma de ver las cosas y dependerá por tanto de nuestro pensamiento y de cómo actuemos e interpretemos los acontecimientos de nuestra vida.
 
Esta premisa es una de los pilares fundamentales de la psicología cognitivo-conductual, siendo unos de sus más importantes e influyentes representantes Albert Ellis (creador de la Terapia Racional Emotiva Conductual) y Aaron T. Beck (creador de la Terapia Cognitiva). Estos autores, incluidos dentro de los cinco psicoterapeutas más importantes de todos los tiempos, han demostrado con sus teorías y modelos terapéuticos la importancia y repercusión de las creencias racionales e irracionales, las distorsiones cognitivas y los pensamientos automáticos, ya no sólo en la aparición y mantenimiento de algunos de los trastornos emocionales mas importantes por su trascendencia y frecuencia en nuestra sociedad, como es la ansiedad y depresión, sino por la importancia y aplicación de sus teorías y principios básicos al desarrollo personal de los individuos y a la consecución de sus metas y propósitos.
 
Las personas no podemos tener experiencias sin hacer valoraciones o interpretaciones sobre ellas que siempre darán lugar a algún tipo de consecuencias, pero si que podemos elegir nuestra forma de pensar y afrontar tales experiencias o acontecimientos para que nos sirvan y ayuden en la consecución de nuestras metas personales y profesionales, y por tanto a un mayor nivel de bienestar y felicidad.


Los hombres no se perturban por las cosas, sino por cómo se las toman”. Epicteto. Filósofo estoico.

A continuación se señalan, a modo de ejemplo, algunas de las conductas, actitudes y valores que pueden contribuir a desarrollar nuestro estado de bienestar  personal y profesional y que tienen que ver con una particular manera de estar y entender la vida:

  • Sustituir las demandas o exigencias absolutistas por una mayor flexibilidad.
La utilización frecuente de determinadas palabras como “debería” o “tendría” son indicio del uso de reglas que consideran que las personas han de ser infalibles consigo mismo y con los demás. Hay que evitar estas reglas y adoptar planteamientos y actitudes tolerantes, pluralistas, flexibles y abiertas al cambio. “Si mi jefe me estimara, debería haberme felicitado por mi trabajo”.
  • Tolerancia a la frustración.
Las personas racionales se conceden a sí mismos y a los demás el derecho a equivocarse, evitando condenar y procuran modificar las condiciones desagradables o adversas si pueden o aceptarlas si no se pueden cambiar.
“No voy a presentar un informe alternativo porque no podría soportar que lo rechazaran”.
  • Auto-aceptación.
Se trataría de aceptarse a sí mismo, no hacer valoraciones globales de sí mismo en función de los logros externos o del juicio de los demás, evitar clasificarse en categorías preestablecidas e intentar disfrutar en lugar de estar probándose continuamente. Evitar la auto-desvaloración.
“He hecho mal este trabajo, soy un inútil, un incompetente. Todo lo hago mal”.
  • Interés por uno mismo.
Aunque el sacrificio y el preocuparse por otras personas puede ser conveniente y necesario en determinados momentos o situaciones, como regla general, el interés por uno mismo ha de ser superior al interés que se preste a los demás.
  • Asumir riesgos sin ser catastrofista.
Las personas equilibradas tienden a asumir los riesgos que a veces acompañan a la consecución de sus objetivos, aunque exista la posibilidad de fallar. Se trataría de no ser temerario ni catastrofista.
“Como mañana no me salga bien la entrevista me hundo”, “no lo intentaré porque fracasaré y será horrible”.
  • Aceptar la incertidumbre.
Es saludable y adaptativo reconocer y aceptar el hecho de que vivimos en un mundo incierto y probabilístico y admitir que por el momento, no existen verdades “absolutas”, ni probablemente existirán.
  • Eliminar las comparaciones negativas.
Este tipo de comparaciones nos llevan a pensar que somos inferiores o mucho peor que los demás. Hay que intentar hacer las cosas lo mejor que se pueda, pero sin preocuparte de lo que hagan y piensen los demás.
“Aunque me esfuerzo no consigo caer tan bien como mi compañero”.
  • No caer en la descalificación de los positivo.
No rechazar o descalificar las experiencias, resultados o atributos positivos.
“Me salió bien el trabajo, pero fue por casualidad”.
  • Evitar el pronóstico o predicción de resultados negativos de conductas, emociones o acontecimientos futuros y creerse que estas predicciones son absolutamente verdaderas.
“Estoy seguro que aunque le dedique muchas horas a este proyecto me saldrá mal”.
  • Sustituir la perfección por la satisfacción.
Muchas personas nunca están satisfechas con lo que hacen porque consideran que no son “perfectas” y esto se debe en muchos casos por tratar de cumplir con alguna representación interna o externa de perfección sin examinar lo razonable de estas normas perfectas, a menudo en un intento de evitar experiencias subjetivas de fracaso.
“O las cosas se hacen perfectas o no se hacen”.
  • Evitar el pensamiento dicotómico.
Tendencia a clasificar las conductas y experiencias de uno mismo y de los demás en dos tipos de categorías opuestas
“O soy el mejor o soy un fracasado”.
  • Expresar gratitud.
Se trataría de manifestar claramente a las personas tu agradecimiento por lo que recibes. Esto permitirá, además de facilitar las buenas relaciones, ver el lado positivo de las cosas, valorar mucho más lo que se tiene y animar a las otras personas a actuar lo mejor que puedan.
“Dar las gracias a tus padres por todo lo que han hecho por ti”.
  • Demostrar generosidad.
Este tipo de conducta además de proporcionar bienestar a otras personas, provocará efectos muy positivos sobre uno mismo.
“Ayudar a un compañero en la elaboración de un informe”.
  • Eliminar el deseo de controlar a los demás y de tener siempre razón.
Al igual que a nosotros no nos gusta que estén continuamente controlándonos, debemos eliminar hacia los demás este tipo de conductas, que hagan que los demás vivan su propia vida, para lo cual se pueden utilizar frases del tipo siguiente:
“En lugar de ………has considerado probar……….”. “Gracias por facilitarme tu punto de vista sobre……..”.
  • Aceptar la realidad, aunque a veces provoque frustraciones muy importantes.
El no aceptar la realidad conduce a generar resistencia a lo que está sucediendo o ha sucedido y esto muchas veces provoca sufrimientos y por tanto malestar emocional.
  • Hacer ejercicio físico, cuidar y mantener el cuerpo y cuidar la imagen personal.
El ejercicio físico regular, las comidas saludables y el cuidado y atención de nuestra imagen corporal y personal son frecuentes generadoras de bienestar y satisfacción.
  • Realizar diariamente algunas de las cosas o actividades personales que nos resultan gratificantes y que formen parte de nuestros pequeños placeres diarios.
  • Auto-responsabilidad por el propio malestar emocional.

Aceptar la parte de responsabilidad que las personas tenemos sobre los trastornos emocionales en lugar de culpar de forma defensiva a los demás o a los acontecimientos.


Cuando cambiamos las formas de pensar, podemos cambiar la manera de sentir           


Actuar con habilidades sociales y personales facilitadoras para un adecuado desarrollo profesional

En un marco profesional en el que las relaciones interpersonales tienen un papel fundamental está mas que justificada la atención, revisión y desarrollo de aquellas habilidades o competencias sociales dirigidas a mejorar dichas relaciones.

Cuando se habla de habilidad social nos estamos refiriendo a “conducta socialmente habilidosa” y de las muchas definiciones existentes, una de las más completas es la del psicólogo Vicente E. Caballo (1989): “La conducta socialmente habilidosa es ese conjunto de conductas emitidas por un individuo en un contexto interpersonal que expresa los sentimientos, actitudes, deseos, opiniones o derechos de ese individuo de un modo adecuado a la situación, respetando esa conducta en los demás, y que generalmente resuelve los problemas inmediatos de la situación, mientras minimiza la probabilidad de futuros problemas”

Las habilidades sociales constituyen un amplio rango de competencias que se pueden agrupar entre sí en distintas categorías. La relación que se presenta a continuación, probablemente no incluya a todas, pero sí que queremos reflejar aquellas habilidades que nos parecen fundamentales por estar relacionadas directamente con la comunicación, así como aquellas otras relacionadas con las de carácter emocional y de solución de problemas, cuyo control y utilización adecuada supondría, seguramente, una valiosa y eficaz ayuda para el desarrollo  profesional y también personal.  

Del conjunto de habilidades señaladas en el gráfico, aparece destacada una que, probablemente, tenga más importancia por su relación directa con el control y auto-regulación de determinadas emociones negativas perturbadoras del equilibrio emocional (como pueden ser el miedo, la rabia, la ansiedad, la angustia, el exceso de preocupación, …) generadoras de estados de agotamiento y desgaste físico y psicológico, conocidos como estados de “estrés”. Me refiero a la habilidad de responder eficazmente al estrés o también conocida como “estrategias de afrontamiento al estrés”.

El estrés tiene lugar cuando una persona se encuentra ante una situación amenazante o desagradable y “percibe que sus recursos o capacidades son insuficientes para hacerlas frente.

El estrés no es de ahora, hace miles de años los hombres ya sentían estrés por las amenazas o peligros de animales salvajes, otras tribus o por la inclemencias del tiempo. Actualmente, en nuestra sociedad, estas amenazas o peligros están basadas en demandas de carácter psicosocial (laborales: falta de clientes, despido, presiones, pérdidas financieras, acoso, expectativas de difícil cumplimiento, etc.; personales: ruptura matrimonial, muerte de familiares, accidentes graves, etc.; sociales: rechazo, etc.) que cuando se producen dan lugar a un nivel básico de estrés (normal) provocando un cierto desequilibrio interno caracterizado por respuestas tanto físicas (tensión, cierta taquicardia, nerviosismo, nudo en el estómago,  etc.) como emocionales (miedo, rabia, angustia, etc.). Ante esta situación, en las personas, se ponen en marcha los mecanismos de emergencia (de seguridad) y la utilización, en su caso, de estrategias y acciones (habilidades de afrontamiento al estrés) que les permita autorregularse y recuperar el equilibrio físico y emocional.

Del conocimiento y aplicación eficaz de estas habilidades y estrategias dependerá, fundamentalmente, conseguir unos resultados positivos (reducción del estrés) o por el contrario, muy probablemente, desencadenar y padecer un nivel alto de estrés, en el que las emociones naturales y pasajeras de rabia o ira, miedo o tristeza (normales en el nivel básico de estrés) permanezcan de forma crónica y den lugar a cuadros de agresividad, violencia, ansiedad, pánico y/o depresión, con la consiguiente repercusión tanto en la esfera profesional como personal.

Hay diferentes modelos y estrategias de afrontamiento al estrés cuya presentación sobrepasaría obviamente el espacio y objetivo de este artículo, pero sí podemos adelantar como una primera medida, recordando, que el estrés nace de la percepción de una amenaza que favorece o facilita comportamientos no deseados que se ejecutan de forma automática, y que por tanto, para evitar que los hechos o situaciones que nos rodean se vivan como amenazas, no debemos centrarnos obsesivamente (de forma permanente) en las preocupaciones, para lo cual es fundamental empezar intentando llevar la mente al momento presente y tomar conciencia plena de lo que está sucediendo aquí y ahora y sin juzgarlo previamente.

 

BIBLIOGRAFÍA:

  • ELLIS, ALBERT Y GRIEGER, RUSSELL. Manual de Terapia Racional Emotiva. Bilbao. Ed. Desclee de Brouwer. 1981.

  • BECK, AARON Y RUSH, JOHN. Terapia cognitiva de la depresión. Bilbao. Ed. Desclee de Brouwer, 1986.

  • CABALLO, VICENTE. Teoría, evaluación y entrenamiento de las habilidades sociales. Valencia. Ed. Promolibro. 1988.

  • McKAY, MATTHEW, DAVIS, MARTHA Y FANNING, PATRICK.  Técnicas cognitivas para el tratamiento del estrés. Ed. Martínez Roca. 1986.

  • DAVIS, MARTHA, McKAY, MATTHEW Y ESHELMAN, ELIZABETH.  Técnicas de autocontrol emocional. Ed. Martínez Roca. 1986.

  • BURNS, DAVID. Adiós, ansiedad. Ed. Paidós. 2007.

 

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